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Y ahora en Chalco, con el Padre Danilo

Mayra Gabriel



Allá por el año 2001, ya no muy me acuerdo, conocí al Padre Danilo, colombiano de nacimiento; que trabajaba en aquel entonces en el Centro Vocacional San José para adolescentes sin recursos y abandonados en Guatemala. El Padre, desde los nueve años, entró con mucha devoción a estudiar con los Misioneros de la Divina Redención en Medellín, un grupo que inició con el Padre Arturo en Visciano, Nápoles, Italia, en la Navidad de 1943, y que hoy sigue al servicio de su prójimo dando de corazón y con humildad.

Desde que conocí al Padre, le tomé mucho cariño y me identifiqué con su trabajo en pro de la niñez guatemalteca. Compartíamos de tanto en tanto con él, juntos con mi hijo; en el 2004, cuando el Padre Danilo estaba trabajando en Italia, lo fuimos a visitar con la intención de poder acompañarlo en el trabajo que hacía allá, pero un 31 de julio por la tarde, ocurrió una experiencia que titulé “En Roma, una oportunidad más”.

Era el sábado 31 de julio, un día soleado con el calor del verano italiano. Estaba concentrada en la lectura del último libro “Lecciones de vida”, escrito por una de mis grandes maestras, Elisabeth Kübler Ross, cuando un amiguito del vecindario, donde mi hijo Santiago y yo pasábamos las vacaciones, llegó gritando donde yo estaba: “¡¡bambino, bambino!!”.

En ese momento lo miré y vi su carita de angustia, algo pasó en mí que, en segundos, me quedé sin oír nada, en total silencio. Caminaba y caminaba buscando dónde podía estar Santiago. Mis oídos seguían en silencio total. Cuando entré a la cocina vi sangre en el suelo, y mientras los segundos seguían pasando y el volumen de mis oídos seguía en cero, regresé al punto donde estaba leyendo y me encontré con Santiago. En ese momento me regresó el volumen y empecé a oir lo que pasaba a mi alrededor. Un pastor alemán, de nombre Jimmy, lo había mordido en la cara y la cabeza. Toda su figura estaba llena de sangre y su mirada buscaba mis ojos. Mientras esto pasaba y los gritos iban y venían, el Padre Danilo estaba dando misa, los oía sin saber realmente qué pasaba y sin poder hacer nada.

Franco, un estudiante de medicina que acababa de llegar, en el único carro que había en la casa donde ambos estábamos viviendo, nos llevó al hospital. Yo, sentada atrás, abrazando a Santiago y presionando su cabeza para detener la sangre, sentí como si estuviera volviendo a vivir lo que había pasado con mi hijo Giancarlo en 1993, solo que era otra escenografía y había nuevos actores. Mientras yo sentía todo eso y trataba de calmar a mi hijo, Franco iba pitando y pitando para que nos abrieran camino. Vi mucha cultura vial de emergencia que me impresionó. No sentí el tiempo que trascurrió, pero al llegar al Hospital de la Universidad de Roma, La Sapienza, nos recibieron con solidaridad y profesionalismo. No fue impedimento que fuéramos extranjeros y turistas del lugar. Me dejaron estar con él, hasta que finalmente entró a sala de operación.

Días antes habíamos viajado en carro, a cuatro horas de Roma, a visitar la iglesia del Padre Pío, al sur de Italia en San Giovanni Rotondo. Un día antes había conocido a Cristina, la hermana de un amigo tico. Ella, el Padre Danilo, Santiago y yo habíamos compartido y paseado por diferentes lugares en Roma. ¿Qué hubiera sido de mí sin ellos dos acompañándome? Les estoy muy agradecida por el tiempo que estuvieron a nuestro lado en esa nueva prueba. Cristina estuvo conmigo acompañándome la madrugada de la operación, hasta que nos instalaron en el cuarto que nos asignaron. En esa misma habitación estaba un niño acompañado por su mamá. Lo tenían en observación por un golpe en la cabeza que había tenido esa tarde. ¡Qué ironía!, compartir el cuarto con un niño que sufría lo mismo por lo que mi hijo Giancarlo había dejado esta tierra.

El trabajo que le hicieron a Santiago en la cirugía fue impresionante. Le pusieron más de 60 puntos en la cabeza. ¡Qué entrega tan amorosa y profesional nos hicieron sentir! No le pudieron revisar su ojo izquierdo porque lo tenía totalmente inflamado y cerrado. Los primeros días, Santiago no quería comer nada. Pero a pesar de lo que estábamos viviendo, su estado anímico era tranquilo. Eso sí, no quería que me separara de él por nada. La pasamos juntos y, aunque para ir al baño teníamos que salir al baño del piso, siempre me pedía que lo acompañara, que caminara a su lado y lo esperara. Veíamos y veíamos la película de “Canguro Jack”. Al personal médico del hospital le impresionaba la felicidad que compartíamos. Yo sabía que Dios tenía control de todo y, a pesar de la situación en la que estábamos, nunca nos faltó amor; incluso el Padre Danilo nos consiguió un celular para poder recibir llamadas de fortaleza y aliento de mi familia y amigos desde Guatemala y otras partes del mundo. Nunca nos sentimos solos.

Sé que fue una oportunidad más, porque me di cuenta de lo rico que es sentirse viviendo y sintiendo el aquí y el ahora, o sea el presente. Es necesario aceptar que no podemos cambiar nada del presente, pero sí lo podemos valorar y agradecer para aprender a confiar más en el Plan Divino. El sábado 7 de agosto, en la mañana, llegó el Padre Danilo por nosotros. Nos estaban autorizando la salida para poder regresar a Casa Giuseppe, donde nos estábamos quedando. Puedo decir, tantos años después de esta oportunidad de crecimiento, que quedaron cicatrices físicas, como huellas del caminar de la vida y experiencias para el mañana. Sé que mi paz espiritual y felicidad se la debo a la constante comunicación y relación que mantengo con DIOS, el único que me ha dado la paz que sobrepasa todo entendimiento.

Desde ese evento, he tenido comunicación con el Padre y en algún viaje que venía de paso por Guatemala, algunas veces, tenía la alegría de verlo y compartir algún tiempo con él. De vez en cuando lo llamaba para saludarlo igual que él a mí. Sabía que estaba cerca de Ciudad de México trabajando. En marzo del 2020 en un viaje que hice para allá por un curso que recibí en Cuernavaca, en mi regreso, ya en el aeropuerto, él llegó para compartir un rato conmigo antes de mi embarque. Me insistía en que cuando regresara otra vez a México, fuera a conocer donde estaba ahora.

Y la ocasión de ir a conocer la Parroquia Santa María Huexoculco, en Chalco, México, llegó, y nuevamente pude compartir, platicar, degustar la deliciosa comida que preparan y disfrutar de su amable compañía y risa con el Padre Danilo. Un personaje que ha estado cerca de mi vida y de la de Santiago, y al que agradezco miles por su simpatía y amistad. Gracias por ese poco o mucho tiempo compartido con usted, Padre Danilo, por lo vivido y aprendido, ha sido grandioso en nuestras vidas, gracias de corazón, Dios lo guíe y bendiga siempre. -

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