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La llegada del tren suizo


Cuando le hago caso a mi intuición, me asombro de ver las respuestas tan acertadas que tengo. Hoy por la tarde, sentada en el balcón de mi casa viendo el atardecer tan precioso que había, estaba pensando en cómo estaría mi amiga argentina de nombre Alejandra. Hace unos días, su papá trascendió y quería saber cómo se sentía. La llamé y, cuando me contestó el teléfono, me dijo: “¡No lo puedo creer!, ahorita le estoy enseñando a mi mamá el libro de Guatemala y tú me llamás”. ¡Qué conección! Y vuelvo y repito, lo importante de siempre hacerle caso a la intuición o a esa vocesita interior que tenemos, y no dudar nunca de hacerle caso.

Platicando y platicando, me presentó a su mamá Marta, por Facetime, a quien me dio mucha alegría conocerla. En algún momento, hablando de la partida de su papá, se me ocurrió decirle: “La graduación de vida de tu papá, no tuvo atraso, fue puntual, precisa, ni se la pospusieron, ni se la adelantaron, fue como la llegada del tren suizo, puntual y exacto”. Y luego de decirle esto, le dije: “Mirá, se me acaba de venir a la mente esta metáfora del tren suizo, y ya lo veo como un nuevo escrito”, y aquí estoy, plasmando ideas, experiencias, aprendizajes y sentimientos para compartir.

Hace unos días, escribí sobre una de las grandes mentoras de mi vida, la Dra. Elisabeth Kübler Ross, por medio de ella he aprendido realmente tanto sobre los sentimientos de enfermos terminales, sus familias y la muerte. De cómo acercarse y preparar esta despedida que debe ser un diálogo entre los que van a partir y sus familiares, conduciéndolos a la aceptación de la inevitabilidad de la muerte. Un tema que todos deberíamos explorar pero que nos da “algo” o lo vemos como tabú, y preferimos evitarlo, por no estar preparados para enfrentarnos a sentir lo desconocido. Todos sus libros dejan mucha enseñanza, pero menciono algunos de los tantos que he leído de ella: “La muerte un amanecer”, “La rueda de la vida”, “Carta a Dogby”, “Vivir hasta despedirnos” y su último, y uno de mis preferidos, “Lecciones de vida”, donde dice: “Quería escribir un libro más, pero no sobre la muerte y los moribundos, sino sobre la vida y los vivos”.

Puedo decir que todo lo que tiene que ver con la muerte es algo que me encanta, ya sé que suena raro, pero es cierto. Me gusta aprender sobre la transición del alma y el cuerpo. Tuve el gran regalo, un tremendo privilegio, diría yo, que tanto mi papá como mi mamá, ambos dieron su último aliento conmigo tomada de sus manos y ayudándoles a seguir su camino hacia la luz.

Me interesa mucho aprender de personas que han tenido muerte clínica y han regresado a la vida, como el testimonio de Anita Moorjani, que lo cuenta en su libro “Muero por ser yo”, donde luego de haber llegado al hospital con un cáncer linfático, pesando 95 libras, tiene muerte clínica y regresa a la vida para transmitir lo importante de amarse a uno mismo.

O el testimonio de Betty J. Eadie en su libro “He visto la luz”, que narra lo que vivió después de sentirse envuelta en una luz sobrenatural y de haber llegado a su hogar, un hogar en el que la única ley sería el amor, la placidez, la exaltación absoluta de los sentidos y las potencias espirituales. Una parte textual de ese libro dice: “Y comprendí que el perdón de uno mismo es el punto de partida para el perdón de los demás. Si no soy capaz de perdonarme a mí misma, me será imposible perdonar a los otros. Y debo perdonarles. Lo que doy es lo que recibo. Si deseo su perdón, debo darles el mío. Tanto las experiencias positivas como las negativas son necesarias en la Tierra. Antes de conocer la alegría, se debe conocer la tristeza”.

Hablar sobre la muerte debería ser tan natural como hablar del nacimiento, del bautizo, de la graduación del colegio, de la boda de alguien, etc., pero, pienso yo que por la forma como hemos sido educados, con una cultura tan cerrada, de una manera tan estructurada, no nos damos realmente permiso de hablar y expresarnos libremente de la muerte. Preferimos evitar ese tipo de conversación y no verlo y sentirlo tan natural como realmente es. Nos enseñaron: nace, crece, se reproduce y muere, entonces, ¿por qué no hablar de esta última etapa de nuestra vida terrenal, nuestra graduación de vida, donde el tren suizo puede pasar por nosotros en cualquier momento y que nos encuentre listos y despiertos? -


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