No hay mal que por bien no venga

Hace unos días escribí sobre los refranes, pero siento que me quedé corta, es por eso que ahora escribo una segunda parte, empezando con uno de ellos que lo he oído muchas veces en el transcurso de mi vida: “No hay mal que por bien no venga”. Es un refrán creado en el siglo XVI por el escritor mexicano Juan Ruiz de Alarcón y Mendoza. Este refrán busca emitir un mensaje optimista ante aquellas situaciones que, en principio, no son buenas, pero que a futuro pueden generar resultados positivos. Transmite una visión optimista de la realidad, pues indica que de una contrariedad se puede extraer algo bueno y con resultados favorables.


Hay momentos en que, en la sacudida, no entendemos qué pasa y para qué pasa, hasta que transcurre el tiempo y llegamos a la aceptación de la circunstancia. Quién me diría que luego de una jubilación inesperada en 2017 mi vida daría un gran giro positivo, incluida mi actitud en el tiempo de pandemia, a enfilarme en una gran autopista de oportunidades sin dejar de aprovechar una sola después de haber pasado mi proceso de tres duelos al mismo tiempo. En ese septiembre de 2017 me enfrenté a estos duelos, en los que ni mi cabeza ni mi corazón lograban procesar todo lo que estaba viviendo y sintiendo por tanta humillación al mismo tiempo. Fue una época bien dura para mí, pero como dice la tanatóloga mexicana Gaby Pérez Islas: “Pasó, pero ya pasó”. A pesar de todo lo que me decían y de la forma como me lo transmitían, pude salir de ese pozo de la desesperación donde caí y con mucha fe y trabajo interno logré levantarme y lo hice con más fuerza. Una frase mía que grabé en mi mente y corazón, y que ahora comparto, fue: “La confianza tiene como apellido el respeto”.


Al fin y al cabo, cada quien es responsable de lo que dice y hace, y en su momento deberán asumir las consecuencias de sus decisiones, ¿o no? Aquí me puedo identificar con mi papá, y como dice el refrán del español José María de Pereda: “De tal palo, tal astilla”, lo imité para inspirarme en su fuerza y crecer con ánimo y sin resentimiento, con el perdón respectivo a quienes correspondía y sintiéndome enfocada y con mucha energía e ilusiones para seguir adelante. La vida me está sonriendo bastante bien y con muchas puertas y ventanas que se me han estado abriendo para dar, recibir y servir como siempre lo he deseado, con mucha calma y confianza en mi corazón.


Hay otro refrán que me encanta y que, conforme la vida me ha ido enseñando por tantas experiencias fuera de serie que me ha tocado vivir, he aprendido a estar tranquila, a elegir con quién realmente quiero estar y a quitar lo que no me suma y que siento que no va con el mismo grado de lealtad, honestidad, gratitud y bondad en la que quiero resonar, es el proverbio que dice: “Más vale solo que mal acompañado”. Ni en lo más mínimo me molesta estar sola, sé estar conmigo porque mi mejor compañía soy yo misma. Esos momentos sola y en silencio me ayudan a abrir más mi conciencia y a estar más alerta a mi intuición, sin tanta bulla externa que me distraiga. Como decía Facundo Cabral: “No estás deprimido, estás distraído”.


Estoy oyendo, en audiolibro, la vida del sudafricano y magnate de la tecnología Elon Musk. Es increíble su vida, su determinación, esa seguridad en sí mismo para abrirse camino a los 17 años con US$300.00 cuando llegó a Canadá. Tenía clarísimo qué y qué no quería en su vida, no le interesaba en lo más mínimo llevar un equipaje emocional que lo distrajera de realizarse. Esto me trae a la mente el dicho de Plinio, que se remonta al siglo IV a. C., en la Antigua Grecia, y que mi papá repetía mucho: “Zapatero para tu zapato”. ¿Y qué significa esta pequeña frase con tanto sentido? Pues que cada uno debe ocuparse de sus asuntos, de su profesión y opinar solo de lo que conoce, y evitar meterse en lo que no le afecta ni entiende. Y de esa definición se me ocurrió escribir esta que dice: “El que entiende cómo hacer las cosas, las sabe hacer bien, el que no, simplemente las hace”.


Hace algunos años correspondí un amor único y especial. Sabía que no debía devolver esas miradas y ese sentimiento tan grande y profundo que mi alma estaba sintiendo, mucho menos aquel primer beso de un 8 de mayo; pero la tentación fue muy fuerte y no me pude resistir. Como me dije después, aunque ya tarde: “Más vale huir que caer”. Fue un tiempo maravilloso que duró lo que duró, y me tocó vivir lo que felizmente vivimos y compartimos. Al elegir terminar esa relación, me propuse estar bien, cuidarme, seguir aprendiendo y saber que contaba conmigo misma, me enfoqué en dar lo mejor de mí en lo que me tocara y no en abandonarme, y mucho menos en descarrilarme. Fue, entonces, donde se me ocurrió esta nueva frase: “Más vale que digan de lo que me perdí, que de lo que me salvé”.


Hablar de refranes es muy lindo y muy extenso, pero terminaré este escrito con cierta reflexión donde siento que es muy importante entender lo que significa ayudar al prójimo, y como titulé otro de mis escritos: “Ser y hacer antes de tener”, pues donde hay que enfocarse es en la contribución y en los logros, no en la recompensa económica. Martin Luther King un día dijo: “Hemos aprendido a volar como los pájaros, a nadar como los peces, pero no hemos aprendido el sencillo arte de vivir como hermanos”. La filosofía que mis papás nos transmitieron e inculcaron fue: “Ayuda a los de tu alrededor y crecerás con ellos”, quién sabe si es de mi papá esta frase o la aprendió en alguno de los tantos libros que leyó. Cierro, entonces, con esta última reflexión de Maya Angelou, escritora, cantante y activista estadounidense, nacida en 1928, que dice así: “Aprendí que la gente olvidará lo que dijiste, olvidará lo que hiciste… pero nunca olvidará lo que le hiciste sentir”.

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