Carta a Nelson




El 18 de octubre del 2000, cenabas muy animado con un amigo en uno de tus restaurantes favoritos cuando, sorpresivamente y de manera agresiva, una fuerte convulsión te tiró al suelo. El tumor que en diciembre de 1996 te habían operado, y esto había dado tranquilidad física durante cuatro años, decía nuevamente presente. Cuando fuimos a la primera cita con la doctora Débora Heros en Miami, te pronosticó seis meses de vida debido a lo agresivo del tumor cerebral; de tan severo diagnóstico, has sobrevivido un año con cinco meses. Recuerdo cuando me preguntaste: “¿Para qué salen a hablar con la doctora?, ni que yo fuera estúpido para no saber lo que pasa?”. Hoy, creo que no sabías o no pudiste imaginar el futuro que te esperaba. Como buen luchador, desafiante, calculador y perseverante en todo lo que has hecho, te enfrentaste al proceso de curación, primero durante 40 días con una severa radioterapia que ocasionó molestos efectos secundarios; luego, muy animado y sin expresar tus sentimientos, iniciaste el año nuevo de 2001 en Likín, con el nuevo tratamiento de quimioterapia tomada, cuyos efectos venían casi siempre a los diez días. Tu vida continuó. Jugabas de lo más positivo al tenis; ibas a la oficina a demostrar ese liderazgo maduro responsable, cosas que siempre te han caracterizado, ibas a almuerzos y refacciones con tus amigos; tus papeles de papá y abuelito amoroso no faltaban. Hacías tu vida optimista. Tus chequeos, después de esos primeros seis meses, eran más alentadores, al menos eso pensábamos. En mayo de 2001, uno de los medicamentos te provocó una tromboflebitis que, además de ponerte un filtro de titanio para evitar que algún coágulo se te fuera al corazón o pulmones, te dejó sin esa motivación tan fuerte en tu vida: el tenis. Como ejemplo de un deportista destacado, puedo recordar cuando con Boris entrenaron duro y constantemente para, en 1987, ser los primeros guatemaltecos en participar en la Triatlón Hombres de Hierro en Hawai. Evento en el que, abrazados y emocionados, entraron juntos a la meta después de 14 horas de competencia. Así, como desde niños competíamos en natación, basquetbol, tenis, los retos siempre han sido parte de tu vida. Ya de adultos compartíamos momentos en la vida profesional y, muy pocas veces, permitías que alguien se entrometiera en tu vida privada, en tus sentimientos, miedos, rencores o poder agradecerte lo buena persona y hermano que has sido. A principios de febrero de este año tuviste un cambio radical de salud. Un giro de 180 grados, y tu vida se volvió otra. El 12 de ese mes, te fuiste a chequear para saber qué era lo que te pasaba. Tenías mucho miedo de ese viaje, y con justificada razón. Al día siguiente, por la mañana, llamó mi papá para decirnos que nos fuéramos porque te habías puesto grave. Tu pronóstico no era nada alentador. Ese día, el doctor Izaik Wolf, un personaje especialista en tumores, de 47 años igual que tú, y con un optimismo increíble en sacarte adelante, te hizo un tratamiento con rayos gama para congelar los tumores que tenían invadido tu cerebro; lamentablemente, además, encontraron un líquido canceroso que empeoraba aún más tu estado. Los días pasaron y todo se complicó. Hubo que tomar la decisión de ponerte un respirador por tres días, del cual lograste salir como el buen luchador que sos. No te dejaste vencer y, una vez más, nos volviste a demostrar tu enorme deseo de vivir. Durante este tiempo en el hospital, hicimos turnos nocturnos para acompañarte. Yo prefería el de las 4 de la mañana. Eran momentos de soledad y silencio que aprovechaba para hablarte, mirarte, agradecerte, llorar, sentir y reflexionar muchas cosas de mi vida. Te pedí perdón, por si en algún momento de nuestras vidas te he fallado; te dije lo mucho que te quiero y admiro. En momentos, cuando estabas despierto y compartíamos, te tomaba de la mano y jugaba con tu dedo gordo. Te quería sentir más físicamente. Te daba tus masajes de pies que tanto te gustan. También me encantaba cuando me jalabas y abrazabas para que mi cabeza descansara sobre tu pecho. Sensaciones únicas que me han hecho sentir mucho. Te agradecí tanto todo el apoyo que me diste cuando Giancarlo nació, y cuando, 23 meses después, murió. También la madurez, entereza y amor con el que manejaste el suceso con el que personas oportunistas marcaron mi vida en noviembre de 1993. ¡Cuántas otras experiencias más te agradecí! Te he entregado a Dios cada día, desde entonces. Te he agradecido por esta oportunidad de crecer juntos y aprender tanto de la vida; de saber, que sea la voluntad de Dios, te siento en paz, sin dolor. El 2 de marzo regresamos a Guatemala. Mucha gente ha estado orando y preguntando por ti. Hay mucha FE a tu alrededor. Cuando quieren saber de ti, les contesto que solo Dios sabe si es tu momento y si terminaste de aprender lo que te toca, o si hará un milagro en ti. Los amigos nos transmiten su apoyo y cariño. Todos los mensajes te los decimos y, algunas veces, respondés con algún gesto. Algo que me tiene impresionada es el amor y madurez acelerada que tus hijos han tenido con esta experiencia, esos besos tan cariñosos que te dan y que respondés cuando las fuerzas te dan, así como la felicidad que expresás al ver a tu nieta, Isabella. Suceda lo que suceda, quiero decirte que estoy contigo, consciente de que nuestro amor como hermanos, en esta vida terrenal no termina, simplemente nuestras almas evolucionan un poco más y cada quien llega a esa luz divina en su momento. Cada vez que me despido de vos, te tomo de la mano o te pongo la mía en tu pecho, y te doy un beso fuerte en la frente, transmitiéndote un... ¡Te quiero mucho, vas a estar bien!

Nelson, mi hermano mayor, trascendió muy en paz, la madrugada del lunes, 15 de abril del 2002 acompañado por sus dos hijos y hoy, le honro sus 19 años de haber regresado a la Casa Celestial.-

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