Gretel, gracias por permitirte compartir conmigo tu dolor

El avión que tenía que tomar para regresar de Costa Rica a Guatemala, salía a las 6:50 p.m. Pero por razones técnicas y de mal tiempo, la salida se retrasó. Mientras tanto, regresamos, mi amiga Irene y yo a su casa donde me había quedado.

Pasamos otro rato agradable juntas, compartiendo lo que habíamos vivido y aprendido esa semana, en el taller de crecimiento personal profundo con nuestro maestro, el Dr. Keith Willcock y Rev. Silvia Willet. Finalmente, y ya de regreso en el aeropuerto, despegamos a las 11:30 p.m.


Cuando pasé a chequear, por migración, el señor que revisaba la papelería me dijo muy preocupado: “Mire, la señora que pasó antes que usted es una compatriota suya, hoy vino a Costa Rica y le avisaron a mediodía que su marido había fallecido, y la pobre va destrozada de regreso a su país”.

Me quedé viendo al encargado y le agradecí la información que me acababa de dar. Me sentía muy feliz, muy llena de energía positiva y con la suficiente seguridad para saber cómo diluir, con cariño, el sentimiento de tristeza y dolor tan fuerte que rodeaba a la mujer.

Ella estaba sentada en la silla continua. Tenía puesto su maletín y lloraba. Estaba sola y desprotegida totalmente. Me acerqué a ella y le pregunté si podía sentarme a su lado; ella, sin saber que yo sabía su situación, Le empecé a hablar y luego, entre las dos, bajamos al suelo el maletín que llevaba. Lo primero que hice fue ponerla al tanto de lo que el señor de migración me había dicho. Por supuesto, su tristeza aumentó y siguió llorando desconsoladamente.


Le compartí la partida de mi hijo Giancarlo hacía ya un par de años para que así sintiera que entendía su dolor y que me podía identificar con la tristeza que estaba sintiendo. Empezó a contarme que esa mañana, lo había dejado caminando. Que hacía un mes había tenido una operación muy delicada y que los médicos estaban muy contentos por el resultado, incluso le habían expresado que estaba fuera de peligro.


Le pregunté su nombre y me dijo que se llamaba Gretel. Yo sabía que lo que más necesitaba ella, era desahogarse, poder expresar todos sus pensamientos y sentimientos. Quería hacerla sentir que podía llorar libremente, sin ningún juicio de por medio. Quería que sintiera que no estaba sola. Pero ella tenía sentimiento de culpa por haberlo dejado esa mañana, sabiendo que la recuperación de su esposo todavía estaba en proceso. El estado físico de su pareja era estable. Él mismo le decía que se sentía bien y que ella se fuera de viaje como lo tenía planeado, sin pena. Gretel iba a un congreso de mujeres representando a Guatemala.

Hablamos y hablamos. Yo me sentía contenta de la información que le compartía y, sobre todo, de verla cada vez más tranquila.

Nos tocó abordar el avión y ella se sentó en la primera fila. Le pregunté si quería que la acompañara y me sentara con ella y me dijo que sí. Creía que era importante que Gretel sintiera que no estaba sola. Puse su maletín en el compartimiento que se encuentra arriba de los asientos y me senté a su lado. Me siguió expresando lo que sentía, y en especial sus miedos. Tenía miedo de lo que iba a pasar con ella después de siete años de casada. De saber que ya no iba a tener hijos de él, a pesar de que habían planeado tenerlos, al año siguiente. Me transmitía su preocupación sobre cómo los amigos y su familia iban a actuar con ella y sobre ella misma, con su nueva situación. Traté de irle aclarando cada uno de los miedos que me compartía, según mis experiencias y conocimiento aprendidos, para que pudiera ver y sentir todo más claro.

Aproveché aquel momento y la invité a que leyéramos partes de un libro que acababa de comprar, “Sana tu cuerpo” de Louise L. Hay. Compartimos un capítulo titulado Tratamiento de Amor. Conforme le hablaba, me decía... -Pues sí, verdad, tenés razón. Vi en sus brazos un frío nervioso que la envolvía, y le ofrecí mi chumpa para que se cobijara. No se la puso, sino que se la colocó sobre sus brazos.

Le decía que uno va creciendo en una estructura de actuaciones que la sociedad nos dicta a tener, y que por eso, muchas veces, no logramos ver la vida de otra manera. La vida la tenemos que vivir con esa libertad que queremos, para expresarnos y actuar conforme lo que sentimos.

Gretel se levantó en un momento al baño y aproveché para darle gracias a Dios por haberme dado la oportunidad de acompañar y servir a alguien que, en esa ocasión, era totalmente ajeno a mí. El tema de la muerte o desprendimiento del cuerpo, como le llama la Dra. Elisabeth Kübler Ross, ha sido de mucho interés para mí, y he tratado de informarme y aprender lo más que he podido sobre ello. Un tema muy poco atractivo para muchos, por el contacto con el dolor que representa. Pero, con el pasar del tiempo y conforme más aprendo, me doy cuenta de lo interesante y útil que está siendo para mí, el encaminarme por ese aprendizaje. Me ha ayudado a cambiar la manera de ver la vida y he aprendido a ser más consciente de mis actos.

Al regresar Gretel a su asiento, se me quedó viendo y me dijo: “¿Cómo has aprendido a ser tan noble?”, y le contesté: “La vida, la vida con sus experiencias, me está enseñando a ser así”.




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