Algo para recordar

El pasado 26 de diciembre, mi hijo Santiago y yo volamos rumbo a Costa Rica para pasar con mis amigos ticos el Año Nuevo. El día que llegamos, mi amiga Irene tenía ya todo listo, empacado y organizado para ir con sus hijos a su fina en Jorco.


Los días transcurrieron placenteros. Vi a los pequeños disfrutar, jugar e intercambiar fantasías. Escuché sus conversaciones y, a través de ellas, me asomé al mundo que rodea a cuatro menores de cinco años.

Disfruté sus sonrisas mientras iban a comprar dulces o helados a la tienda cercana. Compartir con ellos me hizo sentir esa libertad, ternura y autenticidad que en ellos reina. A pesar de la tranquilidad y un ritmo de vida más lento que el habitual, el tiempo transcurría implacable.

Alrededor del mediodía del 31, conversábamos con Irene y María a la orilla de la piscina. Tomábamos agua, cuando oímos el griterío de los niños que, felices, corrían hacia nosotros.

No supe por qué, mi intuición me dijo que debía ponerle hielo al vaso de María, el cual, al buscarlo a mi alrededor, no vi.

Ahora comprendo que se trataba de un mensaje de mi voz interior que me decía: “¡Cuidado con el vaso!”.

No había terminado de volverme, cuando oí el vaso caer y romperse. El llanto de Santiago me hizo ver hacia él. La sangre brotaba de su pie derecho sin parar. Había roto el vaso y luego se había parado en él.

Al examinar la planta de su pie, advertí que los cortes eran demasiado profundos. Había que coserlo. Entre llantos y nervios, caminamos hacia el carro, mientras preguntaba por el lugar más cercano a dónde llevarlo.

Irene me dijo que iríamos a San Ignacio de Acosta, en donde hay una sucursal de la Caja del Seguro Social Costarricense. Las palabras Seguro Social me hicieron pensar en nuestro IGSS y mi aflicción aumentó. Además, temía que, pasado el mediodía, ya hubieran cerrado. Era el último día del año, y esa perspectiva potenciaba mi angustia.

Cuando llegamos, los médicos aún estaban ahí, aunque a punto de salir. Al ver a Santiago, el doctor Dagoberto Bejarano, luciendo una impresionante tranquilidad profesional, me dijo que no debía preocuparme. Sentí que, estando en sus manos, la gravedad del accidente sufrido por mi hijo había cesado. Caminé con él y me dijo: “¡Vamos a curar rapidito a este campeón!”.


Junto con Bejarano entró el también doctor Sergio González, quien ayudó con la limpieza y curación que hicieron a mi hombrecito. Sus palabras lo calmaron de tal forma que el miedo a lo desconocido y el dolor que provocaban los cortes se desvanecieron.

Gracias, doctores Bejarano y González, por las recomendaciones que me dieron para una buena recuperación, y por la paciencia que tuvieron con el dolor y curiosidad de Santiago. Se ha recuperado bastante bien.

Mientras observaba la curación, me percaté de lo limpio y completo del puesto de salud. Pensé en nuestra Guatemala y lo que hubiera sucedido si aquel accidente hubiera ocurrido en un pueblo remoto de nuestro país.

Me pregunté cuánto tiempo habría de pasar para que nuestra gente pudiera tener aquí un servicio como el que Santiago y yo recibimos en Costa Rica. Los médicos demostraban el amor por la profesión. En la farmacia nos atendió personal calificado. Los medicamentos que necesitábamos estaban ahí.

Con todo, lo que más me sorprendió, fue observar la ausencia de burocracia, y que prestaran auxilio a un extranjero, fuera del horario laboral y dentro de un feriado importante.

Como guatemalteca, quiero felicitar a mis vecinos ticos, asegurándoles que deben sentirse orgullosos por la organización y atención tan completa que tiene la Caja del Seguro Social. Aunque tal vez mis felicitaciones sean innecesarias, ellos ya lo saben.

Conversando con un amigo de allá, ninguno se sorprendió de que yo hubiera recibido un servicio tan bueno y eficiente. La atención que ellos reciben de la Caja y su confianza en esa institución me impresionó.

De lo que sí se sorprendieron fue que nuestra asistencia médica y sanitaria fuera tan inferior a la suya. Confío en que llegará el día que nuestras autoridades en el IGSS tomen conciencia de la importancia de sus cargos. Que comprendan que los servicios que ofrecen no tienen por qué ser inferiores a los servicios privados. Entonces, caerán en cuenta que sus contribuyentes son pacientes que merecen ser bien atendidos y recibir servicios eficientes.


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