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Siempre hay un para qué

Mayra Gabriel


Estoy convencida de que todo pasa como tiene que pasar y que hay un plan divino para cada experiencia, plática o convivencia con alguien, accidente o todas esas oportunidades de crecimiento que la vida nos presta para crecer y sentir la vida de distinta forma. Definitivamente no creo en las casualidades (se emplea para designar al conjunto de circunstancias que se conjugan para que tenga lugar un hecho imprevisto o inesperado, y que, por lo mismo, no se puede evitar), mas sí en las causalidades (hace referencia a la causa, origen o principio de algo, a aquella cosa o acción que produce un efecto).

En el caminar de mi vida, he llegado a la conclusión de que, cuando me fueron pasando ciertos eventos que en su momento no entendía y parecían tormentas sin fin, con el tiempo y el aprendizaje respectivo, luego de pedir ayuda a un o una profesional ético que realmente amara su profesión, fui saliendo y entendiendo que nunca hay que preguntarse ¿por qué me pasa esto o aquello?, sino que hay que preguntarse ¿para qué? Es importante y fundamental encontrar el propósito y seguir adelante con el aprendizaje respectivo que nos pueda traer una u otra experiencia y la fe en Dios sin cuestionarlo y creyendo en la voluntad de Él.

Hace unos días, fui invitada junto a mi hijo a una cena en la casa de unos amigos muy queridos, a celebrar el Día de Gracias, y bueno, al menos yo, cuando entro a algún lugar, luego de saludar, como que me siento en un lugar y allí me quedo instalada. Una señora se sentó allí y poco a poco la mesa se fue llenando. La plática iba y venía, me dijo que me seguía en las redes y eso me alegró mucho. De repente, me dijo: ¡ah, ya viene mi hija!, y se levantó. Se acercaron a la mesa, y la hija, de nombre Luisa, ocupó el lugar de su mamá; junto a su novio, se quedaron sentados a mi lado. Yo desconocía quién era y lo que había pasado con su vida.

Los que me conocen, saben que soy muy preguntona y me gusta entablar conversación rapidito, y más si son temas que conozco bien, como lo es el de la transición del alma y el cuerpo. Luisa me empezó a contar que había perdido una bebita prematura, que llamó Juliana, y como lo describe, su bebé abrió sus alitas para subir al cielo a los dos meses de nacida. Pasó el tiempo duro de aceptar que todos esos sueños y expectativas, que había tenido con Juliana, no iban a poder cumplirse, y en el momento oportuno sintió que su dolor lo podía transformar en amor, y eso hizo.

¿Cuántas amigas o conocidas conocemos que han perdido a sus bebés durante en el embarazo? Solo yo, le cuento que tuve cinco pérdidas de bebés en embarazo. El tercer embarazo mío fue una bebita de 20 semanas que se me vino, y el sentir de ese tipo de pérdida cuando se está lleno de ilusiones, es bien duro. Entiendo, por ello, mucho a las mujeres que pierden a sus bebés antes de que lleguen a su término de las 40 o 42 semanas. Pero más fuerte ha de ser que nazcan de forma prematura o con su término y, por azares de la vida y el propósito respectivo de su alma, les toque solo dar una probadita de la vida para que los seres queridos que la engendraron y los que están cerca, aprendan algo grande para sus vidas. Ahora ya lo vivo y siento así, pero claro, en su momento no fue nada fácil.

Mi charla con Luisa fue muy interesante, me contó toda la gran obra que ahora hace, en dos de los hospitales públicos, llevando amor y apoyo tanto a los médicos que atienden el área de los prematuros, como a las mamás y bebés que están allí. Le pedí que si podíamos hacer una charla para mi serie de YouTube que se llama “Saber Levantarse”, pues ella me parece un gran ejemplo de lo importante de salir del papel de víctima y volverse una persona responsable, aprender de lo sucedido, creer y aceptar que para algo nos pasan las experiencias terrenales.-


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