Gracias de corazón, Jorge

Cuando yo era chiquita, ¿qué se entiende por chiquita cuando tendría tal vez unos diez años? Carmencita Bonifasi de Fuentes, mamá vecina de la grandiosa segunda avenida o la famosa cuadra donde yo viví hasta 1984; me invitaba a la granja familiar que tenían en el área de Santa Elena Barillas. Cuando yo jugaba en esos jardines disfrutando de una bella vista hacia los volcanes y el Lago de Amatitlán, siempre en broma le decía, “cuando yo sea grande, voy a tener un lugar tan lindo como este”.

El tiempo pasó y allá por 1975, cuando todavía no era grande, Carmencita me llamó para contarme que vendían un terreno no muy lejano de donde estaba su granja. Un terreno de 25 por 60 metros de fondo. Hermoso lugar, con una vista impresionante y una línea de cipreses que separaban cada terreno de esa lotificación. Un lugar lleno de paz. No pude evitar comprarlo, uno de mis sueños de vida estaba a punto de volverse realidad y con mis ahorros del colegio, lo pagué. Me costó Q 10,000.00.

A dos terrenos de ese pedacito de tierra que acaba de comprar, había una linda casa de un piso, propiedad de una austriaca, que la usaba algunos fines de semana. Siempre estaba presente el guardián, su nombre Jorge, bueno, así lo llamaban todos pero en realidad era Gilberto Herrera Marín. Alguien que siempre se acercaba muy amablemente para apoyarnos pero quien siempre demostró el respeto hacia la casa de doña Luisa. Nunca nos dejó entrar ni al baño. Hicimos un lindo acercamiento y a él, le pedí me sembrara grama en ese primer terreno que compré. La energía de ese lugar es verdaderamente única.

Uno de esos tantos días que llegué, cuando ya tenía comprado el segundo terreno y que también Jorge lo había chapeado y engramado, me contó que doña Luisa, su patrona, vendía su granja. Era marzo de 1989. Me puse feliz porque me imaginé todo aquello unido con la linda casa que tenía ya construida y Jorge de guardián. Cerramos negocio y empecé la unificación de los tres terrenos. Jorge estaba feliz porque tenía patrona nueva, mucho más joven y con un montón de sueños por hacer en el área.

Jorge, un tipazo, trabajador, honrado, limpio, claro con sus cosas y su carácter. Amante de la tierra y sus siembras. Mantenía todo al hilo. Llegar a mi granja siempre ha sido un deleite. Todo mundo que va, queda maravillado del jardín, de la paz del lugar, de la energía deliciosa que se siente allí. Un lugar lleno de alegrías y tristezas, donde Jorge mi guardián de la granja, ha cuidado como si fuera suyo, cada esquina y sufría o gozaba junto conmigo, los obstáculos, tristezas o aventuras alegres de mi vida.

Cada domingo que amanecía allí, ya mi periódico estaba enrollado en la ventana. La primer taza de café, la compartíamos platicando y compartiendo. No se le pasaba una, siempre pendiente de que todo estuviera al hilo. Sabía que y que no me gustaba. Algunas veces, habían tropiezos típicos del lugar, pero Jorge, incondicional, siempre presente y dispuesto a solucionar todo.

Hace unos días, a sus 78 años, su salud se complicó, sus riñones, intestino y corazón, dijeron ya no más. Dejó la granja despidiéndose de ella con un saludo que logré captar por las cámaras que tengo en el lugar antes de llevarlo al hospital. Ya iba muy mal y no se pudo hacer nada por él.

Sus ojos claros se cerraron para siempre para convertirse en ser de luz que me seguirá acompañando, la huella que él dejó y el aire de su presencia sé, permanecerán por siempre en mi granja.

Gracias por todo Jorge, tu partida anunciada me duele pero te agradezco haberme cuidado y haber amado la granja como siempre lo hiciste. Que Dios te guíe en tu regreso a casa. Gracias de corazón Jorge.


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