En Roma, una oportunidad más

Era el sábado 31 de julio del 2004, un día soleado con el calor del verano italiano. Estaba concentrada en la lectura del último libro “Lecciones de Vida”, escrito por una de mis grandes maestras, Elisabeth Kübler Ross, cuando un amiguito del vecindario, donde mi hijo Santiago y yo pasábamos las vacaciones, llegó gritando donde yo estaba: “¡¡Bambino, bambino!!”.


En ese momento lo miré y vi su carita de angustia, algo pasó en mí que, en segundos, me quedé sin oír nada, en total silencio. Caminaba y caminaba buscando dónde podía estar Santiago. Mis oídos seguían en silencio total. Cuando entré a la cocina, vi sangre en el suelo, y mientras los segundos seguían pasando y el volumen de mis oídos seguía en cero, regresé al punto donde estaba leyendo y me encontré con Santiago. En ese momento me regresó el volumen y empecé a oír lo que pasaba a mi alrededor. Un pastor alemán lo había mordido en la cara y la cabeza. Toda su figura estaba llena de sangre y su mirada buscaba mis ojos.


El único carro que estaba era el de Franco, un estudiante de medicina que acababa de llegar a la casa donde estábamos. Salimos hacia el hospital. Yo, sentada atrás, abrazando a Santiago y presionando su cabeza para detener la sangre. Sentí como si estuviera volviendo a vivir lo que había pasado con mi hijo Giancarlo, solo que era otra escenografía y había nuevos actores. Fue muy fuerte. Mientras yo sentía todo eso y trataba de calmar a mi hijo, Franco iba pitando y pitando para que nos abrieran camino. Vi mucha cultura vial de emergencia que me impresionó. No sentí el tiempo que transcurrió, pero al llegar al Hospital de la Universidad de Roma, La Sapienza, nos recibieron con solidaridad y profesionalismo. No fue impedimento que fuéramos turistas.

Un amigo de Franco, Saverio, que iba con nosotros en el carro, fue el que me ayudó a traducir todo lo que me preguntaban. Era tal su angustia que no lograba tranquilizarse. A Santiago lo llevaron a hacerle un scan para asegurarse de que no hubiera daño cerebral. Había comido no hacía mucho, y no podían operarlo hasta que pasara el tiempo prudente y le pudieran poner anestesia. Me dejaron estar con él, hasta que finalmente entró a sala de operación.

Un día antes, había conocido a la hermana de un amigo, Cristina Sansonetti. Ella, el padre Danilo Velásquez y yo habíamos compartido y paseado por Roma. Qué hubiera sido de mí sin ellos dos acompañándome. Les estoy muy agradecida por el tiempo que estuvieron a nuestro lado en esta nueva prueba. Cristina estuvo conmigo acompañándome esa madrugada de la operación, hasta que nos quedamos en el cuarto que nos asignaron. En esa misma habitación estaba un niño acompañado de su mamá. Lo tenían en observación por un golpe en la cabeza que había tenido esa tarde.

Qué ironía, compartir el cuarto con un niño que sufría lo mismo por lo que mi hijo Giancarlo había dejado esta tierra.

El trabajo que le hicieron a Santiago en la cirugía fue impresionante. Le pusieron más de 60 puntos en la cabeza. No le pudieron revisar su ojo izquierdo porque lo tenía totalmente inflamado. Hubo varios ángeles humanos que me apoyaron y me dieron fortaleza, como el padre Danilo; Lina, la doctora Marzia Giampalmo, la anestesista; y las hermanas Cristina y Maridé Sansonetti. Los primeros días Santiago no quería comer nada. Pero a pesar de lo que estábamos viviendo, su estado anímico era tranquilo. Eso sí, no quería que me separara de él por nada. La pasamos juntos, y aunque para ir al baño teníamos que salir al baño del piso, no me desprendí para nada de él. Veíamos y veíamos la película de “Canguro Jack”. Al personal médico del hospital le impresionaba la felicidad que compartíamos.


Yo sabía que Dios tenía control de todo y, a pesar de la situación en la que estábamos, nunca nos faltó amor; incluso el padre Danilo nos consiguió un celular, para poder recibir llamadas de fortaleza y aliento de mi familia y amigos.

Cuatro días después, lograron revisarle el ojo izquierdo a Santiago y confirmaron que no había ningún daño interno. Eso me tranquilizó muchísimo y seguimos adelante con las instrucciones médicas. Lo que yo trataba era de mantenerlo sonriente y tranquilo. El tiempo pasó rápido y la recuperación de él fue impresionante. Nuestra actitud fue vital. Sé que fue una oportunidad más, porque me di cuenta de lo rico que es sentirse viviendo y sintiendo el aquí y el ahora.


El sábado 7 de agosto, en la mañana, llegó el padre Danilo por nosotros. Nos estaban autorizando la salida para poder regresar a Casa Giuseppe, donde nos estábamos quedando. En Roma, una oportunidad más, porque me di cuenta de lo rico que es sentirse viviendo y sintiendo el presente.

Es necesario aceptar que no podemos cambiar nada del presente, pero sí lo podemos valorar y agradecer para aprender a confiar más en el Plan Divino. Con absoluta confianza sé que todo esto, que nos tocó vivir, nos llevará a una dirección que guiará a nuestro ser y a nuestra alma a un mayor crecimiento como seres humanos.

Hoy quedaron cicatrices físicas, como huellas del caminar de la vida y experiencias para el mañana. Sé que mi paz espiritual y felicidad se la debo a la constante comunicación y relación que tengo con DIOS, él único que me da la paz que sobre asa todas las cosas.

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